Jugar

Jugar

No lo hago por dármelas de Peter Pan. Es que no tengo vocación de adulto.

Me importa un carajo que algunos se asombren, o se indignen, cuando me ven haciendo el tonto, pateando un balón, o enganchado a la vídeo consola a mis cuarenta años.

Veréis. No concibo la vida sin algunos verbos. Verbos que la gente olvida una vez alcanzada la adolescencia, y que permite que se diluya aún más con el paso de los años.

A saber:

-Jugar. Es el padre o la madre de todos los verbos. La piedra angular de la felicidad.

¿Acaso no recordáis escas experiencias de tiempo perdido cuando jugabais en vuestra infancia? De pronto os dabais cuenta de que habían transcurrido tres o cuatro horas que os parecieron minutos. Es pura magia. no es que pase el tiempo cuando jugamos. Es que nos lo bebemos a tragos.

Y ahí tenemos al distinguido adulto, con traje y corbata, tomándose a chanza el valor de jugar.

Eso sí. Si entre sus iguales la nostalgia se cuela en la conversación, se encenderán sus mejillas al recordar cómo lanzaba el trompo en el patio del colegio. Y se verá afectado, momentáneamente, por una rara verborrea de la que poco después volverá en sí, avergonzado.

Jugar me mantiene VIVO, con mayúsculas. Me mantiene atado a la REALIDAD, también con mayúsculas. Las de las minúsculas me importan poco.

Decía Oliver Wendell Holmes que “los hombres no dejan de jugar porque envejecen, sino que envejecen porque dejan de jugar.

Físicamente no me queda otra, pero interiormente, no, no he crecido, gracias a Dios.

-Reír. Está unido al arte de jugar, pero se merece su propio reconocimiento. No voy a entrar en las evidencias científicas que nos hablan del valor de la risa a la hora de enfrentar las enfermedades. No voy a describir el proceso de producción de endorfinas que genera la risa. Tampoco hablaré de ese término que ha ido a llamarse “risoterapia”.

Reír es, simplemente, un bálsamo. Nos hace felices. Y es gratis.

Por eso los niños ríen tanto. Y por eso los adultos ríen poco.

Y por eso, guste más o guste menos, me paso buena parte del día, y de la noche, haciendo el payaso, bromeando, riendo e intentando hacer reír a los demás.

-Curiosear. La curiosidad viene de fábrica, pero es una pieza que se oxida si no se usa. Y no es compatible con la educación y con los convencionalismos sociales.

Los niños son curiosos por naturaleza, pero al ir creciendo, la sociedad, sus propios padres, les van cortando las alas, y entonces pasan a formar parte de la marea de muertos vivientes que viven por y para el consumismo, que está inmersa en el caos de la prisa y de lo superficial.

Ser curioso es, por eso mismo, ver la vida con los ojos de un niño. Querer saber más. Conocer el por qué no debemos morder una determinada manzana.

Ser curioso es asombrarnos por cada cosa, lo mismo con la visión de un misil espacial, que con la de una lagartija tomando el sol.

Es contemplar la existencia con una sed que nunca se termina saciando.

Quizá de ahí mi atracción por el mundo del misterio, que requiere ser analizado con ojos de niño. Que necesita de una capacidad de asombro sin límites.

El día en que una puesta de sol deje de llenarme de asombro (y he visto muchas en cuatro décadas), la vida para mí no tendrá sentido.

Una confesión: aparte de por los verbos, mi falta de vocación de adulto es producto de una promesa. Con siete u ocho años prometí no hacerme nunca mayor. No entendía ese mundo tan gris y no quería formar parte de él.

Sé que muchos niños lo prometen y no lo cumplen, pero yo, a mis cuarenta, aún puedo mirarme al espejo sin avergonzarme por haber traicionado a aquel niño.

Yo soy aún ese niño. Y aunque el insomnio no me deja dormir mucho, lo poco que duermo lo hago tranquilo. Sin remordimientos.

Os aseguro que merece la pena.

Felices sueños.

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